Categoría: Sociedad

Con las armas no se juega

Varios días después mis pelos continúan de punta y yo atónito tras la masacre ocurrida en Connecticut en la cual un chico americano de 20 años llamado Adam Lanza cogió una de sus armas, entró en una escuela y comenzó a disparar a los niños y personal docente que se encontraba a su paso. No es la primera vez que esto sucede en el país que a sí mismo se denomina como el más desarrollado y avanzado del mundo y por supuesto líder mundial en cualquier tema importante que se precie.

Es cierto que en caliente nunca se deben tomar decisiones ni hacer anuncios que más tarde pueden hacer que te arrepientas, puesto que desde la distancia las cosas se ven normalmente de una manera más clara y sin el hervor de la sangre que pueden provocar ciertos acontecimientos. Esta premisa la llevan a rajatabla sobretodo las personas con cierta capacidad de hacerse oír, qué decir por tanto del Presidente de los EEUU. Sin embargo, no muchos días después de la citada masacre dejó entrever que quizás habría que realizar una reforma sobre la segunda enmienda de la constitución, la cual cita “siendo necesaria una milicia bien ordenada para la seguridad de un Estado libre, el derecho del Pueblo a poseer y portar armas no será infringido”. A mi parecer, una de las mayores barbaridades que pueden existir en una sociedad moderna, civilizada y actual, subrayando esto último puesto que se trata de una ley de 1791.

Para intentar comprender el por qué de la existencia de este texto hay que conocer un poco de la historia norteamericana. Muchos habréis vista la película de “El Patriota” en la cual se explica la Guerra de la Independencia de los EEUU donde el pueblo armado consiguió imponer su pensamiento y lo que ellos creían que era su derecho frente al ejército británico. El pueblo americano se siente muy orgulloso de lo que consiguieron sus antepasados y por tanto la vinculación con las armas de fuego y la cultura armamentística es algo intrínseco en su carácter. No es raro ver como muchos padres disfrutan de una mañana de domingo en un campo de tiro junto a sus hijos, los cuales no son saben diferenciar entre la vida y la muerte, mucho menos de saber el daño que puede ocasionar ese aparato frio de metal que sujetan entre sus manos diminutas.

Dado el arraigo de estas costumbres, es lógico pensar que ningún candidato a ocupar la Casa Blanca lleve en su programa electoral algún cambio sobre este tema y muchos menos una posibilidad de restringir la segunda enmienda puesto que un grueso de los votantes directamente lo tomarían como una falta de respeto a su cultura y se negarían a votarle sin leer ni siquiera un punto más del programa. Eso es un lujo que no se puede permitir alguien que quiera convertirse en el próximo Presidente ya que recuerdo que EEUU es el país con más armas en manos de la población, algunas estadísticas indican que tocan casi a un arma por persona, por encima de países que se podría pensar que tuviesen un mayor ratio en ese sentido como los de Oriente Medio.

Una vez comprendido de donde viene ese amor por las armas de los ciudadanos norteamericanos y por qué los mandatarios no han intervenido en este tema, creo que se puede realizar una reflexión con una mayor base. Para comenzar y como ya he dicho antes, en ningún país que quiera tener una sociedad estable, libre y democratizada, deben existir las armas en manos de particulares, para la defensa de la población ya existen los cuerpos y fuerzas de seguridad de cada país, y esto es un argumento ciertamente objetivo que no depende de ideologías ni tendencias. Por otro lado, está demostrado científicamente por estudios de psiquiatras que las personas que poseen armas en casa a pesar de haber pasado un examen psicotécnico, muchas veces con trampas puesto que lo que importa es el negocio, no son las más estables mentalmente de la sociedad. Suelen tener algún tipo de complejo, haber pasado experiencias extrañas o incluso tener pensamientos radicales los cuales no son positivos nunca para una sociedad.

Fin de semana en Berlín

Los incondicionales de las películas de época recordarán la leyenda de la película Gran Hotel, de 1932, en la que Greta Garbo susurraba la famosa frase: «Quiero estar sola». El hotel en cuestión es el Adlon de Berlín. Cualquiera que haya entrado en él encontrará lógico tal deseo en el que se conoce como uno de los hoteles más bellos del mundo. A nadie le amarga un poco de soledad en la intimidad que propicia la gran chimenea de la suite presidencial de 500 metros (con cristales antibalas), decorada con aire oriental, y vistas al todo Mitteberlin, el área de la ciudad de nuevo en alza.

Situado frente a la puerta de Brandenburgo,  fue concebido por Lorenz Adlon como el más opulento y avanzado hotel de la época. Se inauguró en 1907, y su primer huésped, el Káiser Guillermo II, quedó tan impresionado, que pagaba 145.000 dólares anuales para asegurar habitaciones a sus invitados.

En poco tiempo, todo el mundo –incluso el  rey de Inglaterra– quería alojarse en el Adlon que se convirtió en el lugar de encuentro del Who’s who internacional. Albert Einstein saludaba desde su suite, que hacía chaflán; Charlie Chaplin siempre se quedaba en la suite 101-114. Otros habituales eran Caruso, la bella Otero o el Nobel Thomas Mann.

Desgraciadamente, el Adlon se incendió tras la Segunda Guerra Mundial, pero en 1997 volvió a reconstruirse con todo su esplendor. Tiene 337 habitaciones diseñadas para cubrir las más exigentes demandas. La grandeur clásica, a la vez que íntima, se intuye desde el magnífico hall que preside la gran fuente central. Destacan los espaciosos cuartos de baño, donde no faltan las sales de Bvlgari. En el piso inferior se han construido una piscina y un spa con los más exclusivos tratamientos de La Prairie.

Todo son servicios personalizados, incluida la excelente cocina de los tres restaurantes, uno de ellos un bellísimo jardín de invierno. Razones más que suficientes para que su  lista de huéspedes siga siendo impresionante: Bill Clinton, el Dalai Lama, Norman Foster, Robert de Niro o el mismísimo Plácido Domingo.

Hotel Adlon. Unter den Linen 77

D-100117 Berlín. Tel.: 00 49 30 2261035